El fútbol y la pareja

Nunca me gustó el fútbol.
En general salí con raros especímenes (aunque parece que fueran cada vez más o a todos me los encontraba yo) a los que tampoco les apasionaba.
Definamos: ver el mundial, claro que si...Argentina contra otro país, claro que si....pero nada más.

Yo padecí estoicamente los domingos en familia con la TV encendida permanentemente en este deporte, MAS el infaltable re re comentario del mismo en Fútbol de primera (cuando era el único programa dedicado a re re comentar el fútbol: cuando no había cable, ni revista Olé, ni Escuelas de Periodismo "Deportivo", bah!).

Hoy ya más grandecita y pudiendo apreciar que además de ver una buena jugada podía contemplar buenas piernas masculinas, decidí compartir la experiencia de ver el partido con él.
...Y yo me apasiono, sí, para qué negarlo.
También es común que digan que las mujeres somos más puteadoras, más descolocadas, más pasionales, todo eso, cuando estamos mirando una competencia.

Y yo estaba :"-¡¡¡dale mi negrito!!!!-" por Tevez. Y: "-¡vamos nene!-", o : "-¡¡¡¡no me toquen al nene!!!!"- por Messi. "-¡Vamos morocho!"-por uno de pelo largo con cara de turco, no me acuerdo el apellido. "Dejá de chillar!"- por las escenitas de Heinze.
Y así....
Mientras tanto él, sorprendido pero hasta deleitado, no me decía nada, incluso le veía esbozar una sonrisa.

Hasta que Argentina mete el gol (el único) y yo en un rapto de euforia grito con delay.: "- Síiiiiii, VAMOS CATA!!!! vamos todavía! SE MERECE UNA CHUPADA!!!!"

Eso no le agradó mucho a él. Me miró serio, le cagué la alegría del gol y me dice: "-¿¿¿¿Cómo??????"

Y yo "aclaro": -que se merece "una" no "mía", "una", de alguien , de otra mi amor, no mía...

Creo que la próxima vez es preferible volver a hacer el papel de minita que no mira fútbol.
.

Dar un paso al costado

Antes de que nos acusen de quedarnos dormidos, tenemos que informarles a los muchos que nos hicieron llegar sus colaboraciones que iremos publicando a medida que retomemos las tareas. Para los que quieran saber, estuve en un Congreso en Colombia y como dato de color, diré que me escapé a Cartagena, la Hermosa, a disfrutar del Caribe Colombiano.

No vamos a dejar de decir -yendo al relato- aunque sea un lugar común, que los extremos no son buenos. Muchas parejas -sobre todo las que vienen de mundos distintos, o se llevan algunos años- logran un equilibrio duradero. Pero no siempre es así, casi deberíamos reconocer que nuestro trabajo como terapeutas muchas veces no es más que reducir la sensación de amplitud que hay entre dos personas que se empeñan en vivir a velocidades distintas, apuntan a lugares distintos, y caminan -muchas veces- rutas divergentes. A veces es difícil intuir cómo llegaron a estar juntas.

Basta de Ruth. Habla R.:

De mi aventura con un oficial de la Federal (hasta donde supe) me quedaron algunos recuerdos (gratos y de los otros) y alguna que otra manía.

Tenía una dulzura increíble, una frescura de muchacho de provincia, su madre era artista plástica y por lo tanto él sabía mucho de arte. Bilingüe y otras cosas que no conviene que mencione para preservar su identidad (y a mi).

De él aprendí muchas cosas que deliberadamente me explicó y advirtió; y otras que adquirí o entendí por observarlo, sin que me las dijera, porque obviamente hay cosas que nunca me pudo decir (la mayoría).


Su mayor defecto fue la resignación, no aceptar que en cierta forma era dueño de su destino y tenía mucho por delante. 

Teníamos casi la misma edad pero él era un hombre tranquilo, y yo parecía una nena caprichosa. Yo, que hasta ese momento era una persona muy contenida, le hacía planteos, berrinches: fue el primer hombre al que le hice escenas. Y él en cambio acariciaba mi cabello con una dulzura de hermano mayor. Ante mis cuestionamientos callaba, ante mi impaciencia esperaba que se me pasara, y si iba a trabajar y luego volvía exhausto - nunca sabré cuánto pero mínimo para desplomarse en la cama- cenaba conmigo sin embargo, charlábamos algo y la mayoría de las veces no había sexo sino dormir abrazados.

Mis amigos me cargaban con eso de que me gustaba el uniforme. Yo veía a quien quería en ese momento como Fulano que trabaja de, pero no como al Oficial xxxx. Nosotros íbamos al cine, conversábamos de modas (sabía de diseño mucho más que yo) y muchas cosas más.


Cuando determinó propiamente que yo merecía algo mejor que él, monté un escándalo importante -como buena niña desfachatada- y le corté el rostro con un hacha, al punto de dejarle muy bien envueltos -como encomienda que rebota-  todos sus regalos en la comisaría. El me dijo, casi como una proposición: “siempre fui amigo de mis ex”, y de mi parte le anticipé: “puedo decir lo mismo, excepto en los casos en que esos ex me tocaron muy dentro”.

Por eso, recién después de un tiempo que cortamos, creo que al año, me escribió un e-mail. Le respondí que ya no era nadie en mi vida (“Carlos Alberto, tú”), y que no tenía el menor interés en que tuviéramos una amistad.


Luego de tantos años sigo pensando lo mismo. Pero me estuve preguntando ahora que los recuerdos no gratos se disiparon: qué fue de su vida, de la vida de un principito que convivía con lo peor de nuestra sociedad y aún así se esforzaba por ser mejor persona y dejar algo en el mundo por lo que lo recordaran bien.

Haciendo un balance, también tiene el enorme mérito de haberme dejado libre, porque si eso no hubiera sucedido hoy no estaría con el hombre que amo.


Donde quiera que esté, espero que se haya preservado. Le agradezco su compañía, sus silencios, las caminatas, las charlas, el estar atento a los pequeños detalles, la paciencia, los regalos con sentido, las pendejadas, el sexo recontra-despacito hasta reventar, la distancia prudente, y renunciar a lo que se quiere para cuidarlo, aunque me haya costado mucho tiempo entenderlo.


Bueno, devuélvanle a R. en los comentarios que me voy a ver si alguien me explica cómo se bajan las fotos a la notebook.

Sexo de a muchos.

El post anterior de nuestro experimentado Celine me hizo pensar en algunas cosas sobre las relaciones y el tiempo.
Hay un chiste que dice:
"Una mujer va al ginecólogo. El médico le pide que se desvista. La mujer lo mira con algún recelo.
El médico se da cuenta que no es muy veterana en estos temas y la anima:
- ¿Es la primera vez que viene al ginecólogo, señorita?
-Sí, estoy algo cohibida.
-No tenga miedo, soy un profesional, pasan cientos de mujeres por acá. Si no se desviste, no puedo trabajar.
-Está bien.
La mujer, con algo de pudor, va quitándose la ropa. Queda desnuda de pie en el consultorio.
-Acuéstese en la camilla, por favor. Póngase en posición ginecológica.
La mujer se lo queda mirando, como si le hubiese dicho "ahora vamos a comernos un niño frito". El doctor comprende y se rectifica:
-¿Usted tiene novio?
-Sí -dice, sonrojándose.
-Bueno, póngase en la misma posición que se pone cuando hace el amor.
-¡Ahhhhh! -la mujer sonríe, más colorada todavía.
Apoya el culo contra el borde de la camilla, levanta las piernas y empieza una especie de danza contorsiva extraña, pataleando en el aire, arqueando la espalda, como si fuera una araña a la que le echaron insecticida.
-¡¿Pero qué hace?! ¿Así hace el amor con su novio? ¿Nunca tuvo sexo normal en una cama?
-Nnnnno, es que mi novio tiene un Fiat 600..."

Bueno, el chiste es malo pero viene a colación: a veces cuando uno recién empieza a relacionarse con su nueva chica pasa por una etapa extraña. Por más bueno que sea el sexo, todavía hay mucho por mejorar. Sobre todo a cierta edad, pasada la veintena.
El problema principal es la experiencia: muy poca es peor que ninguna. Y uno nunca tiene demasiada experiencia. Que lo diga el amigo Celine.

Uno se desviste y empieza a darse codazos, rodillazos, cabezazos, se clava un diente donde debía ir un beso, una paralítica donde se pretendía hacer una erótica llave prensil.
Uno está -todavía, puta que lo parió- teniendo sexo con sus ex. Cuesta relajarse, darle aire a la otra persona. Bajar un cambio para comprender sus demandas. El problema es que la otra persona también puede estar pasando por lo mismo. La sensación de coger con los ex de otro es bastante incómoda, si la pensamos.
A veces en las mujeres es peor, por ese temita de la sumisión sexual (y de la otra, la cultural). Pero nosotros no somos menos, eh.

En la lidia de toros, se le llama "aquerenciado" a un toro que se niega a salir de determinada parte de la arena. Porque ahí mató a un caballo y se siente seguro, porque hay sombra, porque le place. Es "su lugar" y se niega a cambiar de zona. Los toreros lo saben y cuando encuentran a un toro aquerenciado le pueden dar la espalda con menos cuidado, porque el animal es reacio a salir de ahí.

Bueno, nosotros somos como esos toros. Nos fue bien con un par de trucos y nos empecinamos en ellos, como si todas las mujeres fueran iguales. Nos aquerenciamos a ciertas zonas erógenas, a ciertas posturas. Y no estoy hablando de nuestro placer, hablo de asumirse como proveedores de él. Peor es la cosa si, encima, somos egoístas.
Cuesta deshacerse de las ex, pero al cabo uno se da cuenta que hay mujeres que sienten dolor en los pezones si se los mordés como si fueran un chicle, cuando tu ex te pedía a los gritos ¡"mordeme los patys, negroooo"!.
Lleva un tiempo acostumbrarse a no darle nalgadas a tu actual.

Por eso los mejores amantes ocasionales son los expeditivos. Se tienen que juntar dos iguales, eso sí: ambos egoístas en su placer y despreciativos del ajeno. Corren ambos una carrera por el orgasmo en la que nada tiene que ver el otro. Bueno, el morbo, tal vez; y la mecánica.
Pueden acumular amantes por centenares y jamás sabrán más que darse placer. Su experiencia es inexistente, sólo vale lo que les sirve a ello. Pero en cuanto se desbalancea la cosa, en cuanto encuentran a otra persona distinta, dejan de ser tan interesantes y estar tan interesados.

Encontrar a dos personas que, después de una larga experiencia, estén dispuestos a aprender al otro, a darle tiempo y a dárselo, es difícil. Como lleva tiempo, no se da en las parejas ocasionales, en los garches, en los toco y me voy.

Recuerdo que un amigo, de los pocos con los que hemos hablado de temas como este, tenía una novia con la que hacía las cosas bien. Salieron varios meses sin sexo, sin tocarle una teta, sin hacerle insinuaciones. La verdad, ella parecía salida de una película de los cincuenta, una lady recatada (aunque a mí me daba algo pin up, debo decir). Ella estaba en segundas nupcias, era una viuda -relativamente joven- de su único hombre en toda la vida.
Bueno, un día llegó este amiguito lleno de preocupación y susto: habían tenido sexo, o algo así.
Ella lo había golpeado varias veces, cada vez más fuerte; hasta lo mordió con ganas. Entre la calentura y el miedo a pasar papelones, se la bancó lo mejor que pudo. Ella lo arengaba para que él hiciera lo mismo, pero no había caso. A él no le salía de ninguna manera.
Yo le expliqué mi teoría y le dije que tenga paciencia, que evite entrar en esa, porque no iba a salir más. De ahí al catsuit de cuero negro no paraba. Con el ejemplo, amor y cariño, la viudita iba a empezar a ver que hay otras cosas.
Un día apareció con un ojo morado. Después de eso anduvo solo un tiempo, hasta que se puso de novio con otra mosquita muerta.

Algún día hablaremos de las mosquitas muertas.

"Insultame, si podés"/II

Estábamos en que si no me iban a matar, me bancaba la parada. (Ver Capítulo Anterior)

Fui a buscar a F. pensando en lo incómodo que me iba a poner. Todavía tenía el relente de sexo de su novia en la nariz. "Corazón y cara de piedra", me dije.
Cuando le abrí le pegué una relojeada: retacón. Tez morena pero con unos ojos celestes que encandilaban. Pinta de turco, cara de malo, pero sólo estaba colorado, con un visible embarazo. Mi jodita lo había descolocado, y hacía esfuerzo visibles por serenarse.
Simulé un problema con el ascensor (sabía que si no apretaba el botón de determinada forma no hacía contacto) para darle tiempo a M. a recuperarse.

Llegamos a la puerta. Seguí con la joda y golpeé la puerta como con recato.
-¿Estás vestida, ya? Je. Pasá. Si sos celoso, estás muerto conmigo. Me encanta molestar novios celosos.
Me miró desconcertado. No, no le gustaba.
Le ofrecí una de las tres sillas escasas de mi departamento, la que más torcida estaba. M. sabía y le dijo "sentate acá", ofreciéndole la suya. Ella se sentó en su falda.
"Conque así viene la mano, hija de puta", me dije. Me dedicó una mirada torva, con una teta casi en la cara del muchacho, que no podía verla.
-Ya traigo el mate -me fui a la cocina, dejándolos solos. Cobarde que huye.

Mientras trasegaba con algo de vehemencia, escuchaba que se cuchicheaban las carajeadas de rigor. Yo sabía que entre ellos se daban algún que otro cachetazo, cada tanto, pero esperaba que no fuera delante mío.
Pasaron un par de minutos y -para mi alivio- bajaron el tono y escuché un par de "mmmhhhssss". La turra estaba como una pava y quería mate. Supuse que el único mate que iba a tomar yo era ése que tenía en la mano. Empecé a frustrarme. Maldita.
-Listo. Si alguien toma dulce se jode, eh - grité, avisando a los tortolitos que iba para ahí.
Ella me miró desde el regazo del futbolista de metegol, con la misma mirada provocativa. "¿Así que soy una puta? Jodete", parecía decirme.

Mientras cebaba hablamos de bueyes perdidos. El tarzán de maceta fue tomando valor y empezó a sacarle relumbre a sus pergaminos, viajes, opiniones. Era segunda línea de un ministerio, viajaba con frecuencia al exterior, hablaba inglés, francés y algo de alemán.
Yo, para no perder la compostura ante mi propia nada, me concentraba en el olor de su novia, la que tenía ahí en su falda, todavía reverberando en mis fosas nasales. "No me importa qué digas, boludito, yo me garcho a tu mina", me repetía como un mantra.
(Sí, soy un ser lamentable).
Se fueron. A garchar, era evidente. Yo me quedé calentito.

Un par de semanas después, M. me llama al trabajo -como hacía regularmente- pero para darme las gracias: "Che, no te pude llamar antes, pero desde que pasó lo que pasó, las cosas con F. van como Dios manda. No sé bien qué paso, pero es como que nos desbloqueamos".
-Sí, recomendame con tus amigas, al menos -hay que buscarle el lado positivo de la cosas.
-Sí, jajaja. Te prometo.

Soy una lacra, pero sé cuándo hay que esfumarse. Se querían, a su manera. Yo no tengo estómago para meterme entre personas que se quieren.
F. y M. se volvieron adictos al sexo. Se exhibían sin pudor, hicieron swinging y partuzas varias. En algún momento, F. se enteró de lo que pasó y lo noté confianzudo, en cierta forma tomaba revancha.
Evité frecuentarlos, pero teníamos muchos amigos en común. Percibía la semilla del mal en ellos, sabía que terminarían mal y me alejé para evitar las esquirlas.
A los seis meses tuvieron agarradas feroces, con ojos en compota y escándalos públicos, algunos los presencié.

M. y yo tuvimos un par de encuentros, pero ahora todo era peor, cada insulto, cada juego que jugábamos le tocaba algo en la psique que la alteraba. F. se olía todo y le puso un cerco. Obvio que no era yo el único que le adornaba la mollera, pero a mí me desconfiaba con razón.

Un año después M. escapó a Estados Unidos, tratando de zafar de F. que no la dejaba en paz.
Cayó en una red de prostitución de latinas. F. viajó a Miami para rescatarla cuando la cosa se puso jodida, solícito. Tuvo que "rescatarla" poniendo quince mil dólares (era en el uno a uno, no era tanta guita, je).
Llegaron a la Argentina, ella hizo buena letra un par de meses, con planes de matrimonio y adopción de hijos.

Un día fue a cobrar una herencia con el poder de la madre y se rajó a Europa, apenas avisándole al hermano por teléfono desde el aeropuerto.
Nunca más volvió ni tuvimos noticias de ella. A F. lo crucé un par de veces.
Se hace el boludo, pobre pibe.

"Insultame, si podés"/I

En mis avatares por esta vida de pareja, no puedo olvidarme de M., la peor de todas.


M. era una treintañera que conocí cuando todavía yo estaba en pareja con una amiga suya. Era una persona bastante expansiva, llena de expresiones graciosas y con una tendencia a no tomarse nada en serio. Me atraía, aunque me parecía algo desquiciada. Tenía un físico regular, casi menudo, era apenas alta y siempre vestía para llamar la atención. Como estábamos ambos en sendas relaciones, no pasaba de parecerme un buen prospecto.
Pasaron un par de años y empezamos nuestros escarceos. Ella seguía en pareja -no parecía importarle, y para mí no era un problema- por lo que no puedo hablar de concubinato en sí, apenas se quedaba pequeñas temporadas en mi departamento. Acababa de operarse los senos y estaba ansiosa por amortizarlos. 

Nuestras primeras relaciones sexuales fueron bastante bien, pero debo reconocer que algo insatisfactorias. No había nada evidente, pero se podía intuir en la atmósfera postcoital. Yo, tratando delicadamente el tema, pronto comprendí que peor todavía le iba con su pareja formal. Eso me enojó: serle infiel al novio merece polvos importantes, pensaba yo entonces y pienso ahora.
Hice uso de la lógica cruel que el malhumor me brindaba y deduje que el problema era ella. Demasiado mecánica, demasiado complacida, demasiado exigente. Y le impuse un nuevo juego: íbamos a romper las reglas, evitar a toda costa esas mismas cosas que hacía con su diligente novio.
Noté un componente morboso en la misma charla, pues se ponía incómoda cuando hablaba de su otra relación. A pesar de todo, sentía algo de culpa, parece. Y bien sabemos que la culpa es un buen motivador. Así que, a partir de ese momento, empecé a preguntarle cada vez más cosas sobre el muchacho, mientras utilizaba generosamente las nuevas adiposidades de silicona. Fue un éxito total. Las cosas se empezaron a poner calientes, y el juego se fue cada vez más de madre.

Algunos días después, cuando parecía que la culpa había desaparecido por el excesivo uso que estábamos haciendo de ella, le pegué un par de cachetadas. También hubo un par de insultos. De repente, el infierno se apoderó de ella. Tuvo el primer orgasmo realmente grande, macizo, poderoso en años. Terminó derrumbada sobre sí misma, gimiendo cada vez más quedamente.
Cuando recuperó el aire, me miró con extrañeza. 
   -¿Eso pensás de mí, vos? -unas lágrimas tintineaban en sus ojos, que se ponían progresivamente más rojos.
   -¿Qué cosa?
   -Que soy una puta, eso que dijiste.
La miré extrañado.
   -¿No sos una puta? ¿Qué hacés acá, formar una familia?
Dos lágrimas gordas rodaron por sus cachetes dejando una reguero algo negruzco. Yo no podía creer sus lágrimas. Pensé que la joda seguía.
   -No soy una puta.
   -Técnicamente no, porque no cobrás. Pero bien puta que sos -yo también había recuperado un poco el resuello y estaba empezando a excitarme de nuevo. Me dispuse a seguir.
Ella me rechazó.
   -¿Y vos querés estar con una puta? ¿No te da vergüenza?
   -Más vale. La quiero ahora mismo.
Resopló un poco, pero se rindió. Esta vez fue peor. Nos insultábamos en la cara, mientras garchábamos. Yo seguía el jueguito, pero ella lo hacía de verdad, aunque no me había dado cuenta. Al rato perdí la noción. Me puse creativo.
   -sostanputaquetumatrizpareceladelaputamasviejadelmundoestasecasecasecadetantogarcharr...
Me agarró de los pelos, me pegó, pero no paraba. Acabamos haciendo tanto ruido que el vecino golpeó la pared.
Otra ronda de resuello perdido, tratando de encontrarlo. Me salía sangre de la boca y también de la nariz. Apenas, pero no quería manchar las sábanas (y el rollo del SIDA). Fui al baño, me saqué el profiláctico y me hice buches y abluciones con agua fría para calmar la hemorragia.
Cuando volví estaba hecha una furia, vistiéndose y puteando en voz baja.
   -Lo que me dijiste fue lo peor que me dijeron en toda mi vida, sos una basura. Yo seré una puta, pero vos sos una mala persona: no puedo tener hijos y es el gran problema de mi vida. ¡Sos una mierda! -me gritó antes de mostrarme la espalda y dar un portazo.
Me quedé agarrándome la nariz con dos dedos, en bolas y con los ojos abiertos como platos. El agua del baño seguía corriendo. Venía a invitarle el bidet, porque el forro estaba roto.

Dos semanas sin noticias suyas, hasta que un día me tocó el portero.
   -¿Estás? Soy M..
   -Esperá que te abro.
Me explicó que andaba cerca, que le escapaba al novio que iba a buscarla dentro de una hora en lo de mi ex, a una escasa cuadra de la mi casa. Llegamos al departamento. Hizo muestra evidente de lo que venía a buscar. Pensé en mandarla al carajo, nada más que por haberme hecho sentir una basura, pero un polvo es un polvo, me dije. Qué poco orgullo.
Igual, pensé en hacerme el estúpido un rato para frustrarla un poco. Puse agua para el café. Prendí la tele. Fui al baño, con el diario.
Ella me esperaba en el living. Me dijo que le hacía calor cuando salí. Estaba ansiosa.
   -¿Te abro la ventana? -le dije, solícito.
   -No pensaba en eso -dijo sacándose la camperita de jean, sin nada debajo. Ya no me pude resistir. Estábamos a punto cuando sonó el portero. "¿Quién carajo...?", me pregunté.
   -Hola, soy F. (de Fulano), el novio de M. ¿No está ella acá?
Me hice bien el estúpido.
   -¡M., abajo está uno que dice que es tu novio, que te pongas la ropa y bajes! -bajé la voz -Jajaja, sí está acá. Era una joda, che. Ahí te la bajo.
   -¿No me invitás a pasar?
   -Mnnnhhh, no sí, claro. Ahí te bajo a abrir.
Colgué le portero.
   -Vestite, boluda, que tu novio quiere venir para acá. Debe estar armado, la concha de la lora.
   -No, no te hagás problema. F. es un desconfiado de mierda, y viene a ver qué onda con vos. No hay drama, mientras no te pongas nervioso. No tiene armas, si es un pajero.
   -Qué me voy a poner nervioso. Esto va a estar bizarro.

[Continuará]

¿Cuántos grados de separación?

¿A partir de qué momento se considera que uno es infiel? ¿Desde qué momento somos cornudos?
¿Cuándo consideramos como incumplido el contrato explícito o implícito de fidelidad en la pareja?

Hay gente que sostiene que se es fiel con el corazón o la mente (donde cada uno quiera alojar el sentimiento, no vamos a discutir sobre eso) y no con el cuerpo. Con ese criterio, entonces no debería molestar a nadie ser pareja de un actor/actriz que de pronto por requerimientos de su trabajo deba toquetearse -incluso con aparente deleite- con otra persona, chupar un par de tetas, o dejárselas chupar. Quien esté en esa situación (del lado de afuera, no como actor/actriz) y no sienta celos, o no se haga cargo cuando le digan “te están cagando je je je” debería tomar conciencia de ser un ave raris.
Tampoco en esa concepción sobre la infidelidad debería ser cuestionada una prostituta o su versión en masculino, por trabajar de ello y tener pareja: le estaría siendo perfectamente fiel a su pareja mientras hace sus menesteres con otra persona, ya que sólo pone el cuerpo.

Esto nos llevaría al otro ovillo de lana enredado: ¿se puede sólo poner el cuerpo? ¿Se puede estar con todo el ser completamente fuera del cuerpo propio (ajeno al Ser) mientras se interactúa sexualmente con alguien? ¿Cómo se produce la separación de ambas cosas? (el que me diga que uno tiene sexo por instinto, puede cambiar de canal: por instinto no seríamos seres humanos. Remitirse a la antropología, la filosofía, la sociología. Y nótese que ni siquiera cito la psicología o la religión, con los campos de conocimiento mencionados alcanza y sobra para su refutación).
Este argumento -el de estar fuera del cuerpo y que sea lo físico una entidad separada de mí mismo- implica entonces que mi cuerpo está cogiendo con otro, no yo: es lo que resguarda a muchos hombres y -algunas menos- mujeres (incluye a sus respectivas parejas, en el caso de conocer los hechos, como un remedio para no considerarse cagados, también). En resumen, estas personas no consideran que un polvo con otro cada tanto sea meter los cuernos, sino que sólo lo sería en el caso de que el aventurero/a “se enamorara” de la otra persona.

Y como el ying y el yang, la otra cara de esta moneda estaría en los más minuciosos: aquellos que por una inversión de lo anterior, que irónicamente termina siendo el mismo postulado (doble inversión), consideran infidelidad a la fantasía misma, o a la simulación mental de un contacto físico con otro, aunque el hecho no se consume. La famosa metejoneada idílica ya sería infidelidad. Porque lo que importa es lo que se siente o piensa, y no lo que se hace. Por lo tanto si tengo un compañero (poner el femenino o masculino en los casos que corresponda, no voy a estar a cada rato aclarando compañero/a, fulano/a, se entiende que es para ambos). Decía: hay situaciones en que, por ejemplo, la inocente histeria que se escapa con un compañero de trabajo, con quien hay una notable tensión sexual -merecedora de un soberbio revolcón y tal vez más si no estuviéramos en pareja- para muchas personas ya es infidelidad, por lo menos en su grado previo “mental” y es licencia para toda clase de escenas.
Reconociendo por supuesto que muchas veces de una cosa se llegó a otra: de tanto toquetear a mi compañera de set dejé a mi mujer (Brad Pitt y Angelina Jolie podrían ser un ejemplo de muchísimos otros), en el primer caso. Y de tanto calentar la pava nos tomamos el mate, en el segundo caso. Por eso mismo no vamos a hacer la vista gorda diciendo –según el equipo del que uno sea hinchada- que en un caso no hay riesgo de completo engaño y en el otro sí.

Pensar que se es fiel sólo con el cuerpo indicaría que alguien que es violado nos fue infiel. Y si se es fiel sólo con la interioridad (en caso de estar separada del cuerpo, como dijimos) ya somos cornudos al ver la baba de nuestra pareja frente a la TV cuando aparece Luciana Salazar, o similar estimuladora de feromonas.

Podría decirse que los límites son tan variados como las parejas, y que los puntos de vista también. Incluso en esos distintos puntos de vista se apoyan los swinger, y se sostiene entre ellos que mientras sea de a dos, no importa con quién se folle, estamos siéndonos leales.
En el otro extremo, muchas mujeres ni siquiera se permiten fantasear con otro, porque su entrega estando enamoradas debe ser total a su hombre o correrían el riesgo de ser señaladas como licenciosas (puse su hombre, porque las lesbianas son caso aparte). Sí, el que lea dirá que eso era de otro siglo. No: más allá de lo que hagamos efectivamente en nuestros actos, muchas mujeres aún tenemos un CD en el cerebro que nos parlotea ¡chica mala! mientras hacemos lo que sentimos que queremos hacer. Y cuando nos recriminan nuestros actos, ergo, nos sentimos culpables, haciéndonos eco del prejuicio del otro.

¿Es infiel el protagonista en “La edad de la Inocencia”? No lo creo: toda su vida amó a la misma mujer, con la que no pudo estar porque tuvo la obligación de casarse con otra. El fue enteramente fiel a su amor, y completamente infiel a su esposa.
Al fin y al cabo, uno no cornea a nadie, no caga a nadie, no le falta el respeto a nadie antes que a sí mismo: en primera y última instancia uno es fiel o no a su elección profunda, a su sentimiento. El problema es cuando el sentimiento no se corresponde con los hechos, o con las decisiones que tomamos.

El suplicio de Tántalo

Viven en un dos ambientes minúsculo hace poco más de dos años. Él y Ella: cada uno con un grado más o menos similar de bohemia, desorden, manías y neuras.
Pase lo que pase y no importa cuán colaborador sea el cónyuge, no por nada existe el ama de casa y no el amo de casa, por más que se fuerce el término hasta lo imposible.

Cuando llegan los dos de la calle, posiblemente la primera acción de Él sea encender el televisor o, a lo sumo, levantar la persiana, en tanto Ella irá directamente a controlar si hay mucha vajilla amontonada en la bacha de la cocina, o si el lavarropas ya tiene la cantidad de ropa como para justificar su puesta en marcha.

Es de sobra conocido que una persona viviendo sola (a menos que sea obsesiva, o tenga poca vida social extramuros) genera cantidades de desorden inversamente proporcionales al tamaño del lugar en el que vive. Cuanto más pequeña la casa, mayor el desorden que encontrará el fin de semana esperando por su atención.

En el caso de los convivientes, el desorden se incrementa en una relación directamente proporcional e igual a dos (2).

Así, mientras Ella prepara café, té o mate para la merienda conjunta de un día viernes, pensando que quizá haya que salir corriendo a lo de la tía Carlota en un par de horas, Él deja caer como al pasar una observación sobre la ropa que se acumula en los sillones, la cama e incluso en las sillas del comedor.

Ella tiende la cama, como primera medida, para poder tener un espacio decente donde doblar la ropa aún limpia y clasificar la ropa sucia que lavará el sábado. En medio de la faena, escucha el pitido de la cafetera y corre a apagarla.

- Pero cabezona, avisame y la apago yo - dice él, sin despegar la mirada del noticiero ni el culo de la silla.

Ella vuelve con las tazas servidas, las galletitas y el queso de untar. Echa una mirada de desconsuelo a la cocina, que acumula la mugre de seis o siete noches de cena casera, y sin pensarlo mucho quita las hornallas y echa una generosa dosis de gatillo antigrasa. Duda un segundo y agrega pulidor en crema "para que vaya actuando" mientras toman el café.

- ¿¿Y las cucharitas?? - grita Él desde el living-comedor, amagando levantarse de la silla.

Ella corre con las cucharas y el edulcorante. Apoya una rodilla en la silla mientras sirve las tazas y pesca con la mirada un par de bollitos de papel (posiblemente boletos de colectivo) y pelusas que circundan la mesa. Va a buscar el escobillón pensando en dar una barrida rapidita, pero pronto se da cuenta que las pelusas vienen rodando desde el dormitorio, empujadas por el viento que entra desde la ventana. Empieza a barrer alrededor de la cama y termina cerrando la ventana para que no siga volando la mugre.

- Pero nena, sentate conmigo, seguís en otro momento... Tenemos el fin de semana por delante! no importan un par de pelusas - dice Él, risueño, mientras se sacude las miguitas de la camisa. Ella ni lo mira.

- Ya, ya termino.- Y le empuja los pies con el escobillón para rescatar las miguitas que se le cayeron recién. Termina resignándose a dejar el montoncito de mugre al lado del tacho, porque la palita andá a saber por dónde está, y vuelve a la mesa. Se sienta a tomar el café que ya está medio frío. Se acuerda que dejó la cocina a medio hacer y liquida la taza de un sorbo, prometiéndole a Él que se comerá un par de galletitas con queso si se las prepara, pero que "tiene" que terminar algo antes de ir para lo de la tía Carlota.

Pronto cae en la cuenta que el gatillo y la crema combinados no alcanzan para remover la suciedad y que deberá insistir con una esponjita metalizada. Pero esa esponjita está debajo de una pila de platos y cacerolas de la noche anterior, así que primero habría que lavar eso y de paso despejar un poco la cocina.

Él suspira cuando escucha el rumor del calefón, que indica que Ella abrió el agua caliente para lavar los platos, y se arrepiente de haber hecho el comentario original sobre la ropa. Se le acerca con una galletita, que Ella mordisquea feliz sin soltar la esponjita.

- ¿Te puedo ayudar con algo? - pregunta

- Sí, haceme el favor de buscarme la ropa sucia que tenés y dejarla separada arriba de la cama, así adelantamos eso.

Él se va, ella deja todo escurriendo en el secaplatos y rescata la esponjita. Ahora sí, remueve toda la grasa de la cocina y la absorbe con una rejilla, mientras piensa si debería aplicar gatillo también en los cerámicos, que están tan salpicados. Desde el living, Él pregunta:
- Mi amoooooooooooooooor, dónde quedó mi remera azuuuuul?

- No sé, ¿te fijaste en el baño?

- En el baño no está. ¿Te fijás en el lavarropas, por favor?

Ella mira, busca, no encuentra. Sale de la cocina, va al baño con el enser en la mano y rescata la remera de atrás de la puerta. Mira el espejo salpicado de pasta de dientes, el lavatorio chorreado y con un aura de sarro en las junturas de las canillas y echa antigrasa furiosamente. Sale del baño llevando la remera en la mano y la blande en las narices de Él mientras le saca la lengua.

- Bueno, che, no la vi. Uy, ¡son las siete y media! a qué hora teníamos que estar en lo de Carlota?

- ¡A las ocho y media! - grita Ella, más de la bronca de haber pisado la basura amontonada al lado del tacho que por la irritación que le produce estar llegando tarde. - ¿¿Dónde mierda está la pala??

Él se acerca con gesto contrito, con la pala en la mano.

-¿¿Y dónde estaba??

- Abajo de la cama... Mi amor, dejá de hacer cosas, tratá de relajarte, casi es fin de semana...

Y Ella, que acaba de acordarse que dejó actuando el multiuso en el baño y ya está a punto de llorar, se desahoga en una diatriba contra la casa, siempre desordenada, y que nunca termina de estar limpia, y contra la tía Carlota que siempre los necesita los viernes, en lugar de dejarlos estirarse un rato en la cama destendida, o simplemente estar. Y mientras se desahoga junta la mesa, sacude las migas de los mantelitos individuales y echa con rabia las tazas en la bacha de la cocina, y Él la sigue por toda la casa, tratando de convencerla de que deje todo como está y salgan a la calle. Que es fin de semana, por dios, y que de última pueden cancelar a la tía Carlota e irse por ahí a tomar una cerveza. Que la va a ayudar a hacer las cosas, si Ella lo deja.

La convence, por supuesto, y por diez horas Ella se olvida del baño a medio hacer, la ropa desordenada, los vidrios pringosos, el horno sucio desde hace dos meses, las pizzeras con resto de aceite, la falta de jabón en polvo, las telarañas, la pelusa, el cambio de ropa de estación, los zapatos sin lustrar, el pantalón que hay que coser, los muebles llenos de polvo, los CD's desordenados, el tacho de basura sin lavar...